Soy un exvoto de Melkart: dios de la fertilidad, las cosechas, la navegación y la civilización de las tribus salvajes. Mantenía el equilibrio entre Baal y Moloch, entre las fuerzas malignas y benignas del cielo.
Estuve presente en un templo de una isla mediterránea que sirvió para apaciguar las angustias de personajes que cambiaron la historia de la humanidad: escuché las plegarias de Alejandro Magno ante el fuego eterno y produje el sueño que predijo el poder mundial que alcanzaría Julio César.
Ya no hay emperadores ni guerreros postrados ante mí. Sólo una muchachada me observa como si fuera un juguete. Un niño vestido de franela con la caricatura de Hércules se acerca con su padre y pregunta:
-¿Papá, por qué llora esta estatuilla?
-Llora porque extraña su templo hijo. Llora porque perdió su fuerza.
-No papá. Su fuerza depende de quién le pide. Y hoy yo reinicio su leyenda.
Joaquín Pereira