La noticia la daban todos los medios, en ocho horas un meteorito impactaría en la Tierra. Los intentos de desviarlo, destruirlo, convertirlo en pequeños fragmentos habían fracasado. Los científicos no se ponían de acuerdo en el lugar del impacto, tampoco en las consecuencias que tendría para el planeta y la humanidad y lo anunciaban cuando ya no quedaba tiempo para nada.
Vuelos y trenes cancelados, teléfonos, Internet, todo “caído” y yo a mil kilómetros de casa.Una gran pena me sobrevino, moriría solo, lejos de mi familia, en aquella ciudad aún desconocida para mí, pero me rebelé contra ella, ¡¡iría a buscar a mis amigos!!
Me dirigí por las calles llenas de gente que deambulaban entregadas a un sino del que no podían huir, por fin llegue a mi destino.
Todas las ciudades que había conocido tenían un rincón en común especial para mí, aquella también, allí estaba delante de mi, con sus puertas abiertas. Una luz limpia entraba por los ventanales de las fachadas y del patio interior que acogía un jardín hermoso con plantas y arboleda donde jugueteaban unos gorriones.No había nadie, me encontraba solo en el almacén del conocimiento y el saber. Historia, filosofía, poesía, narrativa, rótulos que nombraban las calles donde ellos reposaban ajenos al Armagedón.
Paseé entre las estanterías acariciándolos para despedirme, de repente sentí un rumor, di la vuelta y allí estaban, mis amigos.
-Desagradecidos seriamos si permitiésemos que quien nos daba vida leyéndonos, hoy muriera solo – dijo Don Quijote –
Todos asintieron
Clemente Lorenzo Arcas