Una librería es un orfanato para relatos en busca de un hogar. Una de mis librerías favoritas es el Waterstones de la calle Piccadilly, en Londres, donde uno puede combinar la alimentación de la mente con un poco de alimentación del cuerpo en la cafetería que está integrada en la tienda. Allí no sólo puede uno leer el libro que ha comprado, sino ver cómo, en la mesa de al lado, alguien da a luz a un relato.
Un día devoraba yo un cuento de Borges en la cafetería —El Aleph, pues El Aleph es todos los cuentos— cuando una joven se sentó a mi lado y comenzó a escribir frenéticamente en su portátil. Me asomé sigilosamente. Había una hoja de excel, fórmulas estadísticas y gráficos que llaman de tarta. No todos cuentos comienzan por Érase una vez. Volví a verla la semana siguiente. Y la otra. Nos fuimos haciendo a la presencia del otro.
—El otro día no viniste.
—Tenía reunión.
—Se te echó de menos.
Un día nos invitamos mutuamente a un café, escribí un relato y ella lo leyó y lo comparó con Juan Rulfo. Al fin quedamos para una cita formal: planificamos una bella jornada con cine, cena en un restaurante famoso y paseo por el Támesis. Quedamos en el mismo Waterstones y, recorriendo los pisos y hablando de libros, no salimos de allí. A veces, encuentra uno su hogar en una librería.
Carlos Vázquez Pérez-Íñigo