Vivía en el escaparate de una tienda de paraguas en Salzburgo, con su colorido plumaje de gabardina desplegado, cual pavo real. Hasta que un día de fuertes aguaceros, unos turistas lo rescataron de su zona de confort. Querían guarecerse y, además, llevárselo a su país de origen para que viera el mundo. Visitó museos, iglesias, restaurantes lujosos, jardines y lugares pintorescos de la ciudad. Lástima que al llegar el momento de partir, la línea aérea lo considerara «objeto peligroso» por su afilada punta y vetara su acceso a cabina… Así que tuvo que quedarse, llorando sus gotas de lluvia y pena, abandonado en un lúgubre rincón de la sala de embarque del aeropuerto.
Purificación Ruiz Gómez.