No estaba seguro si ella era mi madre. La sacaron de la tumba y la metieron en una cajita de metal delgada y oxidada. La introdujeron en un Osario. Y como su único hijo, después de siete años de haberla sepultado, hoy la estoy reconociendo.
Como si pudiera identificar su risa cuando solo queda, de ella, una mueca cadavérica. Esperando, tal vez, encontrar su mirada tranquilizadora, pero allí solo subsisten dos huecos profundos y silenciosos. Su pelo, conserva su último tinte de color rubio, el maldito esta ¡intacto! Y ¿sus manos?, las que sanaban mis dolores, aquietaban mis miedos e impulsaban mi vida, solo descubro huesitos porociados por la inclemencia del tiempo.
El sepulturero, consumido por la muerte de tantos, y advirtiendo mi perturbación, me pregunta.
— ¿Recuerda si a su madres le pusieron un metal o, implantes en sus dientes? —repasé, la historia de mamá, y recordé entusiasmado.
— ¡Sí, mi madre se fracturó el fémur izquierdo!
Fuimos a sus piernas, ya partidas en dos, y allí estaba el clavo incólume, que tanto dolor le causo a la vieja. Ella era mi madre sin duda, igual a la muerte, seca, impermanente, incomprensible, pero era mi madre, dilapidándose en el Osario 23.
Yolanda Sepúlveda Arango