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Si hoy tuviera que buscar aquel lugar escondido, sé que no lo hallaría, que solo perdura, desdibujado e idealizado, en mi memoria. Viajo a aquel tiempo, en el que no existen ni el móvil ni el GPS. Consulto viejos mapas topográficos, impresos en papel amarillo, hasta dar con algún lugar oscuro para fotografiar estrellas, planetas o constelaciones. La pista es de tierra, más o menos empinada según tramos, pedregosa, pero aceptable para el viejo turismo. Termina en una amplia meseta a elevada altitud, atalaya oteando el mar infinito. Algo más allá, el acantilado, la sensación, falsa por imposible, de proseguir unos metros y acabar despeñado. Subo al atardecer para, con la luz crepuscular, montar el telescopio astronómico y preparar la cámara con la vieja película de carrete. A la luz del crepúsculo, en la línea del horizonte se van fundiendo cielo y tierra, mar y aire, salpicados por las luminarias de los barcos. Es difícil imaginar, en este lejano y olvidado promontorio, en noches limpias y sin luna, cuánta luz pueden dar las estrellas. Se respira, se piensa sin prisas ni agobios. La ciudad, con sus luces y sus problemas, empequeñece, adquiere escala humana. Eso pensaba. Iluso de mí. Llegó el progreso. Se convirtió en una urbanización exclusiva con vistas al mar, farolas, asfalto, piscinas. La estrella polar dejó de verse, perdimos su rumbo en algún momento. Hace treinta años que no he vuelto. Ya sólo recopilo historias trasnochadas.

 

 

Miguel Ángel Muñecas Vidal

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