Era domingo y abrí mi cartera para encontrarla tan vacía que bien pudo haber salido una mosca. Pero no importaba, ¡iba a ver a mi chica! Me puse los calcetines y, sin medir mi fuerza, los desgarré de la parte del talón, pero tampoco importaba, ¡iba a ver a mi chica! Me encontraba tan ansioso que me puse los pantalones al revés. Finalmente, no había problema, ¡iba a ver a mi chica! Tomé todas las monedas regadas encima del escritorio, ―no podía llegar con las manos vacías. Estaba listo a pesar de mis agujetas desatadas. Bajé saltando los escalones, pero me tropecé y aterricé estrepitosamente escaleras abajo. Un chichón del tamaño de la torre Eiffel apareció inmediatamente, delatando el severo golpe que me había acomodado. Un brote de sangre comenzó a manar de él, pero no importaba, ¡iba ver a mi chica! De repente, me percaté de la hora: ¡Estaba retrasado! Entonces, un aire intranquilo me azotó. Saqué las monedas del bolsillo de mi pantalón para contarlas. Sólo podía comprar un ramo de rosas y lo que sobrara para el taxi. Salí apresurado de la casa. A pesar del desasosiego, me hallaba feliz, porque ¡iba a ver…! Ustedes saben… Al salir, compré la docena de rosas blancas ―sus favoritas― en el mercado de la esquina. Después paré un taxi y me adentré en él.
― ¿A dónde? ―inquirió el conductor.
― Al panteón francés.
Bernardo Barrientos Domínguez