Abro las puertas de par en par, sin esperando ser recibido, ni tampoco, una grata bienvenida en aquel lugar.
Apenas entro, veo mesas en todos lados, con sus respectivas sillas. Todas adornadas con manteles blancos, dispuestas en orden, como queriendo ocupar todo el espacio del salón, paredes de madera barnizada adornadas con cuadros de pinturas del lejano oeste, cráneos de bueyes muertos o sombreros de pistoleros mexicanos que cuelgan desde lo alto. Todo tan elegante. Mientras que al fondo, veo un bar, una barra en la que el cantinero sirve todo tipo de licores.
Me acerco y veo cinco asientos, cuatro de ellos ocupados. Yo, por mi parte, me siento en el que falta. Ordeno una cerveza; rubia, dorada, negra o ámbar, la variedad poco importa.
En cinco minutos me sirven lo pedido. Era un schop de gran tamaño, medio litro sólo para mí. Aunque quede ebrio en poco tiempo, admiro este emblemático lugar. Un bar en el lejano oeste, un rincón del mundo que nunca podré olvidar.
La espuma corría por los contornos de vidrio del vaso. Me la sirvo rápido, me sacia la sed. Ya no tengo calor, me refresca. Boto el schop al suelo, el cantinero me mira indignado. Le dejo unas monedas sobre la barra, mirando los licores que exhibe en la vitrina de su estante .
Lentamente me alejo. Abro las puertas de par en par, sombrero sobre mi cabeza, pistolas en su lugar, busco otro motín al cual poder robar.
Felipe Andrés Vergara Unda