¿Cómo agradecerte lo que habías hecho por mí? ¿Cómo hacerte partícipe de mi deuda y admiración? Tú ya no estabas, aunque nunca te habías ido del todo. Habías dejado un legado impagable a la humanidad y yo me había beneficiado de la herencia de tu palabra, de la emoción impagable que me provocaba tu voz imperecedera, de los instantes de felicidad que me obsequiaban tus versos. Y así fue cómo, por más equipaje que un libro y un desbordante entusiasmo por rendirte homenaje, partí de mañana un día y viajé hasta la parte alta de Alfacar, y allí me conmoví ante aquel manantial con forma de lágrima inmensa, ante aquella Fuente Grande que aún más engrandecía tu memoria. Y sentándome en uno de los peldaños de la escalera cercana, bajo el rumor silente de la fronda de los plátanos, abrí el libro y sentí cómo mis labios pronunciaban, trémulos: Lo demás era muerte y sólo muerte/ a las cinco de la tarde, mientras un nudo de angustia me oprimía la garganta y un brillo húmedo, una estela fulgente descendía por mi rostro.
Juan de Molina