—Perdóname si alguna vez, dije sin querer lo mismo. Tú sabes, que todo cuánto callo. Así luego, te lo cuento. Sin duda, eres la mejor de entre todas las mujeres del mundo. Y por ti, el mismo metano respiro. A veces, busco esa paz interior que irradia tu cuerpo acurrucado al deseo. Porque fue eso el vivir. Un continuo perseguir los sueños… Pero, ¡por favor! Cuando cojas las llaves de mi coche nuevo. ¡No intentes luego, aparcarlo en la caseta del perro! ¡A propósito! ¡Ya os reservé el vuelo a París! ¡Ida y vuelta, como me pediste, cariño! Seguro, que tu encantadora madre y tú, lo pasareis de fábula. Visitando la emblemática Torre Eiffel, los interminables Campos Elíseos, el enigmático Moulin Roige y tantas otras maravillas. ¿Tú madre no andaba por aquí? ¡Bueno, da igual! Así, aprovecho para añadir otra cosita. Yo también me iré de viaje. Está un poquito lejos de la Moraleja. ¡No te asustes, amorcito! Ya sabes que ahora, no hay distancias. Quería advertirte que si por casualidad me llamases, es probable que no conteste. Por allí, no hay buena cobertura. Debo ir por cuestión de trabajo. Serán unos días de nada, un retoce ligero y sutil por las Bermudas. Me han apuntado, que debo indagar una especie de triángulo. ¡Tú, por si acaso! ¡No me busques, pase lo que pase! —detalló. Y ella, mirándolo fijamente. Apesadumbrada, echó a correr entre relinchados lloros tal niña malcriada y, soplar a su madre que le dejaban.
Vicente Gómez Quiles.