-“Final del camino”.
Escuchó Gustavo esas palabras, en el aire que rodeaba al viejo bosque de lengas. Miró hacia todos lados pero no vio a nadie. La ruta se hallaba vacía. El sendero del milenario bosque lo invitaba a sumergirse en sus profundidades.
El sol aún reinaba por encima de las montañas.
Una brisa bailaba entre los árboles, produciendo una melodía misteriosa. Por un instante, la brisa transformada en fuerte ráfaga de viento, lo toma por sorpresa, arrebatándole su sombrero gauchesco, que se perdió entre la arboleda cargada de barba de viejo.
Lo siguió con la mirada todo lo que pudo. A paso firme se adentró en el sendero mirando a ambos lados. Sus pasos lo alejaban de la ruta cada vez más. El canto de los pájaros parecía guiarlo. Un conejo blanco pasó corriendo delante de él. Detrás a toda prisa venía un joven zorro colorado. El encuentro entre ambos fue inevitable. El animal se detuvo, comenzando a mirar a Gustavo con cierto recelo.
“Final del camino·, volvió a escuchar nítidamente a su alrededor. Cara a cara se quedaron construyendo un encuentro. Un principio de algo nuevo.
La brisa devolvió el sombrero. La misión estaba cumplida.
Chuburu Fernando