Podrá parecer a vuestras mercedes un atrevimiento que un escudero escriba estas líneas, pero ahora que han visto la luz las aventuras del insigne don Quijote, quiero narrar mi último viaje.
Una vez que mi señor don Quijote expiró, yo no regresé a mi vida de labriego sino que monté a Rocinante y pusimos rumbo al sur.
Les ahorro los pormenores de nuestro viaje, los gigantes que nos esperaban, el hambre y la sed que sufrimos, lo cierto es que acabamos alcanzando la Ínsula Barataria, el rincón que antaño fui incapaz de gobernar.
Puedo decir que, gracias a mi determinación, es ahora esta Ínsula de Barataria sinónimo de buenas leyes y buenos ciudadanos. Mi objetivo es poner en pie una sociedad de hombres y mujeres libres que se gobiernen a sí mismos y administren los bienes con generosidad, protegiendo a los débiles y no permitiendo que nadie pase necesidades. Cuando termine, dejaré mi gobierno en manos de los habitantes de la ínsula, para seguir buscando otras tierras donde llevar la idea de justicia.
Así lo hubiera querido mi señor don Quijote, tal como dijo en su lecho de muerte, aunque ese tal Cervantes no mencionara en el final de su libro sus últimas palabras: “Viajad amigos, conoced a la humanidad y llevadles la noticia de que cada hombre es dueño de su destino, que nadie hay más libre que el que cabalga, que el que lucha, que el que encuentra su ínsula al final de cada jornada”.
Que así sea.
Alberto Palacios