Había una vez un rincón, el más hermoso del universo en un mundo casi redondo, que era un gran charco transparente de agua clara y limpia. Habitaban ese mundo millones de seres que sin distinción de especie bebían de esa agua y ese era todo el líquido que necesitaban para su subsistencia.
Un día alguno de esos especímenes acertó a parcelar y convertir un trozo de charco en su propio charco. El resto le imitó. El gran charco ya era multitud de charquitos. Diminutos charcos de cuyo interior el agua fue filtrándose o evaporándose entre la tierra y el cielo lentamente. Lentamente, dejó de ser agua limpia y clara. Y, aquella preciosa idea primigenia, dejó de ser también el rincón más hermoso del universo. Esto fue todo y así: alguien lo vivió y lo contó, alguien lo escuchó y alguien lo escribió.
Rafael Belmonte