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El día que Blacamán el Músico se presentó en Macondo con su trompeta de bronce bruñido y su panamá de palma blanca, nada hacía presagiar lo que vendría después. Con su tez aceitunada, sus dientes blanquísimos como prístina cal y su camisa roja orlada de encajes, se plantó en medio de la plaza y acercó la boquilla del deslumbrante instrumento a sus labios sensuales.

En el momento en que ejecutó las primeras notas, una suerte de encantamiento se apoderó de los viandantes, que en apretado grupo se habían acercado a admirar a aquel gigante descomunal que emitía una música tan dulce y enervante que todo el que la oía recordaba de repente los anhelos secretos que los embargaban. Unos decidieron que plantarían semillas de azaleas entre las grietas del páramo, otros comenzaron a enhebrar secretamente los versos que aparcaron en las esquinas de la adolescencia, un anciano se dijo que aún era tiempo de aprender a tocar el laúd. Todos los que escuchaban la música de Blacamán sentían que sus vidas podían ser más espirituales, que la creatividad era su vocación frustrada.

De repente, dejó de tocar, y todos los que lo habían escuchado comprendieron que sus quehaceres mundanos no eran sino cristales rotos en sus anodinas existencias. Entonces pidieron que continuara, y Blacamán se quitó el sombrero de fina trama y lo depositó en el suelo, que se llenó al instante de reluciente plata. El veneno de los sueños había obrado su magia.

Juan de Molina

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