Mi amiga Ada insistió en hacer aquel viaje al acabar la universidad. Yo no estaba muy convencida —necesitaba ahorrar—, pero cuando llegamos el lugar me robó el corazón; nunca había visto belleza semejante, ni siquiera en mi imaginación. Arriba, en mitad de un cielo azul intenso, el sol resplandecía y, con fuerza, iluminaba el escenario y a sus estrellas haciéndonos participes del maravilloso espectáculo; pues en frente se nos desvelaba un verdadero paraíso de arenas blancas y aguas turquesas […] —tuve que pellizcarme para comprobar que no era un sueño—. Había un bonito velero atesorado en la orilla; una pintoresca pasarela de blanquecina madera, decorada con flores de bellos colores, que te acompañaba desde el agua hasta la casa, aunque, más que una casa, aquello era un castillo y yo me sentía Cenicienta después del casamiento; algunos bancos albos y otros albinos; un pequeño parque rodeado de palmeras donde los columpios me hablaron de mi querido abuelo, ¡cómo lo echaba de menos!; un imponente faro rojo […] y, sobre todo, había galanteo: las olas de aquel mar en absoluta calma resonaban armoniosas —como Mozart— en mi alma, mientras, las gaviotas les hacían los coros con su elegante graznar; el mágico aroma del aire me embriagaba los sentidos, y la suave brisa se enredaba en mi larga y oscura melena, acariciaba mi piel y, con falsa timidez, me confundía susurrándome al oido: «Eres mía…» —no se equivocaba—. Allí conocí el verdadero amor y, por eso, hago las maletas.
Cristina Grieguez Álvarez