Aquella mañana fui a visitar a mi madre a la casa que me vio crecer —no la pisaba desde que mi padre se nos fue, no podía— y, cuando me dirigía hacia mi antiguo cuarto, un recuerdo de la infancia me llamó al otro extremo del corredor. Allí estaba la habitación de mis padres, inundada por la luz del sol, y yo —en mi memoria— volvía a tener seis años y saltaba sobre el alma de la estancia, aquella exagerada cama con la colcha estampada que hasta parecía oler a jazmín, al tiempo que observaba como todo se movía arriba y abajo a mi alrededor: enfrente botaba el cabezal de caoba; detrás la prehistórica televisión, trepada sobre aquel anticuado mueble de madera oscurecida, brincaba enloquecida; a la derecha el infinito ventanal parecía bailar vestido con aquellas blancas y vaporosas cortinas, y por todas partes veía como rebotaban las eternas fotografías de la familia. Súbitamente, el recuerdo cambió y ahora me encontraba en el exorbitante vestidor nacarado —ese que lucía mejor que una prestigiosa boutique de Nueva York— donde jugaba a ser mayor, me probaba la ropa y los zapatos de mi madre, y desfilaba como si se me ajustaran bien, mientras, me miraba y me imaginaba en los diferentes espejos: vestidos por los pies, camisas bien holgadas y zapatos de tacón llenos de algodón; sombra de ojos en la nariz, colorete exagerado, carmín desorientado y mi padre gritando espantado. Entonces abrí los ojos y me sentí afortunada.
Cristina Grieguez Álvarez