Yo soy gata, y estoy acostumbrada la velocidad de la ciudad, a sus arañazos y mordiscos. Antes de esa noche me habían mordido muchas veces, y yo me había abandonado a los estímulos otras muchas, pero en aquella ocasión, hastiada y desesperada como estaba, asqueada de la futilidad de la vida y embriagada de vino y de mundanas emociones, quería abandonarme con una violencia inusitada, perderme entre el gentío y caer en las garras de otro animal salvaje como el toxicómano cae en garras de la droga. Contra todo pronóstico, mientras creía que las lágrimas y las luces de neón me cegaban, pude ver. Y justo en el momento en el que pensé que había logrado perderme por completo, me encontré. Me encontré en lo que se sentía en parte como el abrazo de una madre; en la belleza de la elegancia y la fuerza contenida de la Gran Vía madrileña. Mecida por su ronroneo, la futilidad se desvaneció por un momento y sentí al infinito a través de aquel simple fragmento.
Hay ciertos instantes, personas y lugares que cobran un significado especial, cuya esencia pasa a formar parte de la tuya propia. Ya hace mucho tiempo de aquella noche, pero permanece indeleble en mi memoria. Yo soy gata, y la Gran Vía es mi madre, son mis raíces, es mi esencia. Pero es bien sabido que Madrid es hogar de todos, cualquiera que sea su procedencia, y que ella encandila sin distinción, pues es carismática, cosmopolita y abierta.
María José Barrios Naharro