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El frigorífico provoca el vómito del estómago sin apenas preguntar. Su motivo es la razón de ser de unos intestinos ciegos por dar cobijo a todo aquello masticable. Incluso, a la sinrazón de un vil desprecio. El que cada madrugada aguarda por la última ración de la multiplicidad del hambre. El apetito que asciende con rapidez por los interiores vacíos del esófago. Ese que sugiere que lo importante es saciarse a lo grande sin pensar en sus consecuencias. Las que cada mañana el hombre de bien se reprocha por haber caído, otra vez, en el vicio del comer sin sentido. Tanto, que aguarda que esa noche no se vuelva a repetir. Pero, por pura y mera inercia, vuelve a caer. Siempre será su propia perdición porque, en el fondo, disfruta del pálpito de la caída. Esa que un día le dirá adiós: muerto de hambre, sed y… de vida.

La cuarta estación

A veces, me disfrazo de invierno con el firme propósito de tener frío. Otras, me disfrazo de otoño con la vaga intención de ver caer las hojas de los árboles. Como nunca tengo muy claro la finalidad de mis deseos, suelo atender a la cómoda invitación de ser siempre verano. Aunque claro, casi siempre salgo perdiendo ya que, en verano, mis disfraces son un dulce postre de primavera.

 

 

Marcos Pérez Barreiro

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