Vivo en Bogotá.
Hoy, voy a visitar, junto a mi novia de toda la vida, el cerro de Monserrate.
Pensamos que vamos a pasar un excelente día; pues ninguno de los dos conoce ese lugar maravilloso ubicado a 3152 metros sobre el nivel del mar.
Podemos subir los cientos de escalones para llegar al santuario; pero preferimos hacerlo en teleférico, es más rápido y nos cansamos menos.
Cuando coronamos el cerro, podemos apreciar, en su máxima expresión, la magnífica panorámica de Bogotá. Que grande y hermosa es la capital de Colombia.
El lugar está atiborrado de turistas, tanto nacionales como extranjeros. Los diferentes idiomas se entremezclan convirtiendo el lugar en un mercado persa, y realmente es así. La mayoría de las personas trata de ingresar a los diferentes restaurantes para deleitarse con la gastronomía local. Otros, se divierten comprando artesanías como recuerdo de su visita al cerro; pero nosotros, venimos a ver la imagen religiosa del Señor Caído de Monserrate. Escucharemos la misa de las doce del día.
Nos damos un beso apasionado y nos dirigimos a la Basílica, tomados de la mano.
Una anciana nos observa, se sonríe con nosotros, y comenta: “La leyenda dice que los novios que vienen a bendecir las argollas de matrimonio a Monserrate, nunca se casan”.
Nos reímos por dos cosas. La primera por la coincidencia de las argollas, y la segunda porque dentro de cinco meses nos casaremos.
Fuimos los últimos en bajar del cerro.
Por increíble que parezca, la anciana tuvo razón.
Jairo Alfonso Ramos Jiménez