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Hay una casa en Monnickendam, en la provincia neerlandesa de Holanda Septentrional, que no sé si volveré a ver. No es nada que venga en las guías, la Casa de la Moneda, la iglesia, el campanario, la sinagoga. Sus paredes no crujen por un pavoroso incendio en el siglo XVIII, ni en sus salones se firmó la paz que puso fin a la guerra de los mil años.

Es, de hecho, una casa sin historia, desmantelada y fantasmal, en la que los cristales de las ventanas tienen la forma de los pájaros suicidas que se han estrellado desde antiguo contra ellos. Los hierbajos se van comiendo sus piernas, el verdín corroe su sombrero de tejas y el sol desportilla implacable la piel borrosa de su carne.

Pero, si viajara otra vez a Amsterdam y volviera a tomar el autobús que en veinte minutos te deja en Monnickendam, no me detendría en su balanza pública, su puerto o su antiguo ayuntamiento; sino que besaría cada llaga del esqueleto de esta casa. Como una sacerdotisa antigua o como Donna Reed en ¡Qué bello es vivir!, custodiaría su herencia y sus recuerdos, hasta que yo también fuera un león exhausto, moribundo, como el viejo compadre de Lucerna , y buscara un rincón leal a mis huesos, una guarida en la que dormir abrazado a la eternidad.

Y sé –lo sé porque lo siento, y basta– que esa cueva se parecería mucho a esta casa: mi mausoleo de Monnickendam.

 

Alberto De Frutos Dávalos

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