Permanezco sentado en un profundo silencio. El peine del viento deja resbalar entre sus púas la suave brisa de un aire sin asperezas que apenas si mece el cabello de las olas. El mar está tranquilo, como estaban nuestras manos unidas cuando dibujábamos las huellas invisibles por la playa de Ondarreta, a espaldas del monte Igueldo.
Nos gustaba hacerlo al atardecer, justo cuando los últimos bañistas secaban sus cuerpos frotándose contra la brisa que comenzaba a levantarse. Nos gustaba jugar a poner nombres a las olas con palabras de azúcar. Tú siempre acertabas el modo en que romperían contra las rocas y establecías preciosas similitudes que se parecían a los rastros de espuma.
-¿Has visto cómo ha roto esta ola? –me preguntabas con la mirada puesta sobre el horizonte-, deberíamos ponerle “Abdala”, sierva de Dios, y esta otra debería llamarse “Aisha”, mujer viva –terminabas-.
Yo me quedaba encantado como una serpiente a los movimientos del faquir, admirando tus grandes conocimientos de los nombre árabes y sus significados, buscando con mis dedos algún roce, deseando que estuviésemos en casa para que te quitaras el hijab y acariciar así tu cabello de golondrina. Y reptaba mi mano por la roca en su búsqueda incesable de caricias, hasta que contemplaba mis dedos como tentáculos que llevaban los dos anillos de casados y todo se esfumaba: las manos, las miradas, las huellas invisibles por la playa de Ondarreta, a espaldas del monte Igueldo, justo donde acaban las púas mojadas del peine del viento.
José Antonio Lozano Rodríguez