Las alpujarras granadinas tienen el espíritu que la historia impregna en cada uno de sus rincones. Los pueblos que conforman este lugar poseen una magia que nos hace retroceder a un tiempo lejano. La belleza es el patrón que los define.
En lo alto del Barranco de Poqueira cuelga con la fuerza de un gigante Bubión.
Bubión…Bubión…Bubión Escribo su nombre, repito su nombre, beso su nombre para revivir con cada una de las letras que lo conforman el amor que siento por ese paraje que enamora. Sus calles empinadas, franqueadas por pintorescas viviendas escalonadas y soberbios tinaos, guían el trayecto con un silencio amable. Un silencio que acompaña mis pasos y me da la mano deshaciendo mi soledad triste. Soledad que se desvanece al contemplar las vistas de Sierra Nevada y el mar Mediterráneo que, desde la lejanía, purifican mi cuerpo.
Fotografío, con mi mente, instantes que retendré eternamente en mi memoria. Todo viaje comienza y termina pero entre el principio y el fin transcurre el estar. En ese estar vivimos momentos que no debemos dejar escapar.
La noche llega y me acomodo ante la chimenea de mi alojamiento. Miro el fuego y disfruto de las llamas que bailan al son de sus quejidos. Mi imaginación vaga por las sombras que se dibujan en la pared y vislumbro, en cada una de ellas, un pedazo de sueño perdido…ganado…habitado.
El amanecer da la bienvenida a la despedida. Es hora de partir pero sé que Bubión permanecerá siempre en mi existir.
Ana María Díaz Sánchez