Yo estuve en París de noche. La noche de París se mete tan adentro que aunque amanezca radiante y caribeño, tarde una se da cuenta de que se volvió nocturna y parisina hasta las muelas.
La noche de París promete un aquelarre de sentidos, empezando por los ojos que no aciertan a cerrarse. Ya se sabe, París con luna llena quita el sueño y no hay balcón más francés que los mismos ojos para estarse quieta un rato y contemplarla, sentir que los instintos se desbocan y una ya no es una o sí, es más una que siempre, que a veces, que nunca.
París de noche es un estado de ánimo, un destino, una cita sin cita con La Maga en aquel puente; un baile, Fred y Ginger, a orillas del Sena. Es Dantón declarándome su amor y mis derechos; la Piaf cortando el aire, desgarrando el cielo hasta dejarlo en flecos. Es Marguerite consumiéndose en el fuego de su escritura.
Se escribe en todas partes, eso también se sabe pero sólo en París de noche la escritura es la huella de la propia ceniza.
No se vuelve así nomás de la noche de París. No hay océano que ponga distancia porque es en la gravedad de la noche cuando mis deseos más profundos salen a la luz de las farolas y me bailan un tango en las narices, y es en París donde me siento al abrigo de toda sospecha, extravío, amenaza.
Graciela Lago