He querido pasar la noche con el abuelo. En cuanto le he visto he sabido que se había preparado para salir, y me ha dejado bien claro que no podía acompañarlo. Con cierto brío ha montado en su velludo caballo y se ha ido a recorrer la ciudad y la vega de Granada. Por lo que cuenta, no ha podido resistirse a cabalgar entre los jardines del Generalife , galopar por los bosques de la Alhambra, e incluso ha bajado por la Puerta de los Siete Suelos en busca de algún tesoro escondido. Las primeras luces del alba lo han regresado a casa, exhausto, y algo dolorido pues el corcel ha intentado tirarlo al suelo; suerte que he podido evitarlo a tiempo. Le he preparado un vaso de leche y lo he metido en la cama; ahora duerme tranquilo. Sé que me pedís que lo ingrese en algún centro, que a su edad esta clase de locuras le hacen daño, pero no pienso hacerlo. Aunque haya pasado la noche en blanco a lomos del caballo de juguete de mi hija y no haya salido de su habitación, no seré yo el que lo devuelva a la realidad. Es la primera vez que lo veo sonreír desde que la abuela nos dejó.
Victoria Sánchez Aranda