Sierra en mano, el hechicero salió de su cabaña en el bosque y se sumergió en la ventisca, que azotaba las montañas borrando las huellas de sus botas en la nieve al avanzar a través de la espesura. El sendero, que había sido sepultado por la nevada, conducía a una pequeña llanura donde, tras un corte preciso, un árbol cayó fulminado sobre el piso levantando un denso manto de polvo blanco. El hombrecillo cargó el tronco sobre su robusto hombro y lo transportó a su taller en la parte trasera de la cabaña. Las herramientas en sus manos parecían cobrar vida al trabajar la madera hasta que un pájaro de madera que se asemejaba a un jilguero apareció sobre la mesa de carpintería. Luego tomó un viejo libro de conjuros de un estante polvoriento y pronunció unas cuantas palabras que tan solo un puñado de personas serían capaces de comprender. El pájaro adquirió entonces una luminosidad cautivadora, como si un elemento sobrenatural hubiera penetrado en su materia. Tiempo después el hechicero se acomodó en la butaca, alcanzó su guitarra y rasgó una serie de acordes que fueron acompañados por una melodía espontánea entonada por una voz brillante procedente del pájaro. El sentimiento de soledad no desapareció por completo, pero se sentía afortunado por poder contemplar en compañía la belleza de las cumbres de Sierra Nevada a través de la ventana empañada de su cabaña y vislumbrar en el fondo la iluminada ciudad de Granada.
Ángel Palacios