Llegó a la ciudad un par de días atrás.
“Hellín”, escuchó decir a un caminante. Este hablaba con una hembra “dos patas erguidas” que tenía un trozo de tela rosa envolviendo su torso y sus miembros inferiores. Ella se contoneaba frente al gordo primate sin pelo. Le sonreía y se tocaba sus largas matas de plumas finas que colgaban de su cabeza. Estaban al lado del convento de San Francisco y la humana señalaba una de las calles que se perdían entre recovecos y giros inesperados. Las otras palomas le habían comentado las delicias del aguamiel, debería probarlo.
Sobrevoló la laguna de los patos y admiró la ciudad. Aquí y allá divisó estatuas con caballos o tambores y gigantescas construcciones donde se arremolinaban muchos de esos primates de brazos largos.
Pasó cerca de un edificio de aspecto sobrio, con líneas simples, que tenía arcos de medio punto . ¡Cómo disfrutó de aquel vuelo!
Su lugar favorito, sin embargo, era la sierra de Donceles, donde su pareja le esperaba con su pico a punto para arrullarlo. Según se decía, de Hellín eran las “pájaras” guapas y los ricos caramelos.
—¡Qué maravillosa verdad! —gorjeó eufórico—. ¡Que viva Hellín!
Y ya, siempre, gorjeó allí.
Ibán José Velázquez de Castro Castillo