Vivir, trabajar, cambiar de ciudad. Admití la concatenación de aquellos hechos como algo inherente a las circunstancias; no corrían buenos tiempos para los jóvenes. Sin embargo, a pesar de tener conciencia de que un día u otro habría de ocurrir, dejar atrás todo a lo que estaba acostumbrada no me fue fácil; mi maleta, cargada de recuerdos, era un pesado lastre que soportar en ese nuevo universo cotidiano que me deparaba el destino.
A pesar de mi falta de disposición a aceptarla, la ciudad que ahora me acogía insistía. Y me regalaba cada día su luz de plata, el sonido encajado en el aire de un cante por alegrías, el azul infinito de sus playas, un barrio que vibraba con coplas de carnaval y, en cada calle, piedras viejas y porosas que narraban historias de mar y libertad.
Cuando aquella notificación llegaba a mis manos y me daba la oportunidad de regresar a mi antiguo hogar, inexplicablemente, la rechacé.
M. Carmen Rubio Bethancourt