Han pasado muchos años. La tecnología y la ciencia han logrado explicar el mundo y hacer cosas reservadas antaño a los dioses. La superstición ha quedado reducida a una sarta de estupideces en los que ya solo los ignorantes creen. ¿A quién asustan hoy los relatos de brujas y de pactos con Satanás, cuando hay cosas más reales y seguras de las que asustarse?
Pero aún hoy son muchos los que se pasean por ahí sintiendo que han cruzado un umbral. A pesar de los siglos todavía se nota la energía. Es un sobrecogimiento que ha sido transmitido de generación en generación, pese a que hoy el diablo es solo un personaje de cuento y el infierno está en la Tierra.
Toledo es una ciudad que parece detenida en el tiempo, y en el Callejón del Infierno se vuelve a creer en las llamas eternas.
Sonia Marín Ruiz