Llegan en barcos de corta travesía, ponen pie en la arena y la mayoría de la gente se desperdiga por la playa, un hermoso arenal desde el que se divisa la ciudad y se ven salir las embarcaciones. Transcurre la mañana y parte de la tarde y nadie se anima a irse, de tan a gusto que se encuentran. El tráfico de barquitos, veleros, lanchas y motos de agua ya es como de hora punta. Luce el verano en el norte.
Hay yates de dimensiones modestas atracados enfrente. Regocijo para la vista, sueños de “si algún día me toca la lotería”. Soñar sigue siendo gratis.
Con el día claro se ven los Picos de Europa, donde hace nada aún asomaba su blancura en las cumbres. Estirados los pies en la arena, que no quema, fijas la mirada en la nieve desaparecida y te remontas al invierno pasado por agua y viento.
Uno puede quedar varado aquí varios días, ensimismado o a remojo, aunque con el caer del sol el Cantábrico se enfría más de lo que uno desearía. Pero no, es domingo y toca marchar. Y abordas el barco de corta travesía después de una gratificante jornada. ¡Qué bonito es El Puntal!
Miguel Ángel Moreno Cañizares