En las aguas quedó sumergido el pueblo de Begoña y sus lágrimas, incontrolables por la tristeza, se desbordaron hasta reposar en el embalse, como lo hicieron sus casas demolidas. Dolor en el alma rural. Llanto ahogado de mujeres, niños y hombres. Hasta un suicidio. Desde entonces, aquel pueblo, el suyo, permanece en silencio, oculto en el fondo hasta que la sequía, cruel siempre, regresa para mostrar sus ruinas a la luz.
Begoña marchó de allí siendo joven, con pocos enseres y una maleta de recuerdos como equipaje. Partieron de allí sus habitantes hacia el paraje de Valcayo, el destino ordenado por la autoridad, que manda y dispone. Como la naturaleza no entiende de órdenes, les ha procurado un entorno agradable, donde la belleza se muestra a menudo en todo su esplendor.
Entre lumbres y primaveras sin sol ha visto Begoña pasar el tiempo, más de tres décadas, tejiendo y destejiendo una vida campesina. En su cara se expresan las arrugas de una larga existencia.
Cuando los árboles pierden el dorado de sus hojas y se oye protestar al grajo, sabe que el invierno anuncia su llegada y aguarda el duro invierno leonés. Y cuando los carámbanos cuelgan rígidos de los tejados y la nieve ha llegado para quedarse, le cuenta a los nietos que Papá Noel está escondido entre los habitantes de este municipio llamado Riaño, el nuevo Riaño.
Miguel Ángel Moreno Cañizares