Me vi imposibilitado de continuar allí dentro; carecía de armas para evitar el desalojo. Intenté soportar el ataque una vez más, ¿dónde encontraría un rincón semejante para ambientar mi novela distópica? Vamos, que era un milagro ese vagón herrumbrado, cubierto de enredaderas, metido en el interior de un bosque nutrido. Estaba aún bajo el efecto de la emoción obtenida cuando aparté las ramas de un arce, envueltas ellas también en las persistentes hiedras, y me topé con el regalo. Un vagón abandonado en un sitio alejado más de doscientos kilómetros de la vía férrea más próxima. Las hipótesis para justificar su presencia en el bosque me darían material para un par de novelas, si me lo proponía.
Media hora tardé en regresar, la batería del ordenador portátil cargada al cien, un block y lapiceras para cuando se agotara. A menos de diez minutos de instalado, casi apenas abierto el documento en el Word, la invasión. El ataque constante que me impedía pulsar dos teclas seguidas.
Peleé como pude, con magro éxito. La mente urdió y descartó planes para reconquistar mi rincón perfecto; nada me sonó útil. Lancé un par de manotazos desesperados, impotentes; cogí mis cosas y abandoné el vagón, mi cabeza no consiguió soportarlo más. Antes de perder de vista mi tesoro, alcé un brazo y juré regresar para vencer. Creí que el enemigo reía, pero no, era imposible; las moscas no ríen.
Juan Pablo Goñi Capurro