Suele decirse que la caprichosa inspiración llega sola. Tal vez dicha fórmula funcione para talentosos o lúcidos, pero no para mí. Yo debo siempre ir en su búsqueda. Siguiendo unos simples pasos y si cuento con una pisca de suerte , puedo llegar a encontrarla en misteriosos rincones de manera esporádica, digamos. Cierro los ojos y me froto las sienes, no porque aquello funcione, sino porque da la sensación de una mente elaborando. Las poquísimas veces que esto marcha, y tras un momento breve, me encuentro en una sala con paredes blancas en las que se proyectan imágenes de mi madre. Sobre un costado se observa una escalera de caño con escalones fijados a la pared. La única manera de subirlos es leyendo algunos textos de Osvaldo Soriano o Alejandro Dolina, sine qua non. Una vez en la planta alta, si es que no me he dispersado con alguna distracción en la calle, me siento sobre un cajón de manzanas que se ubica en el centro del recinto y tomó un lápiz al que apenas le queda punta y un pedazo de papel manchado por la humedad. Escribo palabras sin sentido y sin detenerme. A medida que escribo vocablos, desde el rincón más oscuro comienza a asomarse la lucidez. Tímida al principio, arrolladora luego. Me quita el papel de las manos y lo revisa. Luego, con un marcador, tacha las palabras inservibles y remarca las valiosas. Al pequeño texto que queda en aquella hoja ciertos eruditos suelen llamarlo inspiración.
Sergio Gustavo Simionato