Son las cinco y media de la mañana cuando mi tío, mi prima y yo nos subimos al camión. Es principio de agosto y todavía refresca, atesoro este momento, lo echaré de menos cuando estemos vendiendo en el mercao a las dos del mediodía. Arranca el motor y con él empieza a sonar la radio, un locutor somnoliento habla de una ola de calor procedente de África que va a asolanar la península toda la semana.
Voy en pantalones cortos, camiseta y alpargatas, mi prima lleva una sudadera y me pregunta si no tengo frío. Por suerte sí, le contesto, de momento sí. Nos dirigimos hacia Lumbrales, cerca de la frontera con Portugal. Decido no prestar más atención al locutor y me pongo los cascos para escuchar un disco de Sigur Rós. Cierro los ojos y me acurruco en mi asiento despeluchado, ignorando la falta de amortiguación. Tenemos dos horas y media de viaje por delante. Bostezo y mi vista se nubla, ya estamos en carretera, alcanzamos una línea recta en la que no hay más que dehesa a ambos lados, siempre me pregunto si quedarán abubillas en la zona pero nunca paramos y con el motor y la radio es imposible escuchar nada que no sea con cascos.
Mientras dormito las encinas se desdibujan en musgos gigantes, el sonido del motor torna en una cascada y el aire se vuelve más denso, como helado. Por unas horas estaré en Islandia descansando. Hasta que lleguemos, por suerte, aún arrecia.
Víctor Hernández Blanco