– “¿Cuándo llega?”, preguntó ella
– “En tres días”, dijo la madre
– “Perfecto”
– “¿Ella no va?”, dijo él.
– “Sí, pero no los mismos días que vos”
– “Genial”
La protección al rencor se ha encarnado en silencio. Ellos no se hablan directamente. Mater médium, ¿eso es en lo que nos convertimos las madres? ¿En la médium que contiene el mensaje que los uniría? Al revés de la concepción silentium incarnatum, como quien entiende completamente distorsionado el mensaje, esta familia concibe en ruido las pasiones y hace carne la muerte por silenciamiento. De generación en generación se va encarnando la exclusión por omisión o mutismo. La que porta el rincón uterino que los consanguíneos habitaron es ahora, penosamente, medio de concreción del no encuentro. Pero, increíblemente, pasa lo inconcebible. Desde el rincón cohabitado una dinámica de atracción fuerza el encuentro, la carne se vuelve más carne y deshace los tiempos establecidos. Los dos se juntan en el ritual abrazo de medianoche. Alguien saca voces con forceps por la herida en carne viva y como religioso rebelde tentado por develar el pecado en secreto de confesión, ambos perforan el silencio con un “Feliz Navidad”. La palabra vence la muerte que excluye y los junta otra vez en ese rincón originario que los creó, en ese rincón memorioso de ancestros que los antecedieron… Incarnata, en carne impresa la memoria heredada reclama inexorablemente la vuelta hacia el único rincón del mundo que los juntará por siempre jamás.
H. María del Pilar Martínez