«Qué hermoso lugar para derramar lágrimas o para reír hasta las carcajadas», pensé, sentada a los pies del aljibe de la lluvia. Las flores silvestres me rodeaban en un día de primavera tan intemporal como inmejorable. Me acordé de momentos cómicos de mi pasado reciente, y también de sinsabores protagonizados, principalmente, por mi obsesión irracional de que las cosas duren para siempre. Allí, en soledad, pero rodeada de árboles, sintiendo la brisa que soplaba en mi rostro, no podía sino preguntarme por qué me cuesta tanto salir a pasear, cuando es la mejor forma de poner mi mente en orden, de aclarar mis sentimientos. Y pensando en un ingenio hidráulico de más de mil años de antigüedad que todavía funciona, me di cuenta de que nada cae en el olvido si se hace poniendo el foco en la eternidad.
Autora: Belén Conde Durán