Cuando dieron las doce el niño de la fiesta corrió a abrir su regalo: una novela. Se llamaba Rayuela pero no era infantil. Como no tenía imágenes, sólo letras pequeñas que él no sabía leer, la dejó abandonada allí en el borde izquierdo de la mesa.
Entonces Irma, que se sentía un dibujo fuera del margen, comenzó a hojearlo… como si de ese modo nadie notara su melancolía. Hacía apenas tres días había desembarcado en Salobreña, ese bellísimo pueblo de Granada con playas memorables y un castillo idéntico al de los cuentos de hadas.
Teo, en cambio, había crecido cerca del Mediterráneo. Sin embargo, aquella noche de Navidad prefería esfumarse y volver a nacer en cualquier otra parte.
-¿Cómo estás? le preguntaban.
-“Como un soneto que ha perdido la rima para siempre” respondía, zambulléndose en su copa, menos para calmar la sed que para recuperar el silencio.
Pero Cortázar, el autor del libro que el niño no quiso porque aún no sabía descifrar las palabras, se ocupó del milagro. En una coreografía involuntaria que parecía ensayada, levantaron la vista al mismo tiempo y con la precaución de los supersticiosos -o la superstición de los precavidos- brindaron con agua, no una vez sino dos.
Después de leer de cincuenta maneras distintas esa historia, decidieron tomarse de las manos y quedarse a vivir entre sus páginas. Comprendieron que era ese (y no otro), el rincón que ambos buscaban, casi desesperadamente, en el mundo.
Silvia Gabriela Vázquez