En el rincón noreste del país de Argentina. El agua es la vedette, el sol acompaña calentando el aire a veces, otras se esconde para que sea más notable la llovizna que las aguas provocan al caer precipitándose desde gran altura. Miles de turistas de todos los países del mundo se maravillan ante el espectáculo nunca se ha visto una maravilla natural tan bella como admirable. Turistas neoyorquinos suelen comentar bajo voz:” pobres mis Ñagaras.”
El pabellón celeste y blanco ondea en lo alto del arco en el límite con el país hermano que recibe al turismo para apreciar la belleza de los saltos, desde esa latitud.
Lanchones recorren el río, colmados de turistas que viven la aventura de navegar muy cerca desafiando a la «Garganta del diablo.”
Leonor Ase de D´Aloisio