No faltaba a su cita diaria. Eva acudía a la misma hora, saludaba a todo el mundo con una gran sonrisa y se sentaba en el mismo lugar de siempre. Era curioso porque, sin moverse del sitio, descubría una calle recóndita de un París desconocido para los turistas, se sumergía en las profundas aguas del Pacífico, conocía a personajes literarios de otras épocas, sin cambiar de postura, y, sobre todo, lo que Eva hacía cada mañana era disfrutar, vivir, emocionarse, llorar, tener rencor hacia alguien que no conocía, querer a ese hombre imaginario, odiar esa situación tan real…
El destino favorito de Eva era la biblioteca de su pueblo, que parecía inerte al paso del tiempo; un tiempo que ella empleaba en viajar mentalmente, en descubrir rincones, personas y vivencias que le hacían transportarse a sitios a los que no le iba a dar tiempo a conocer; porque a Eva la vida se le escapaba pero su enfermedad no le quitaba fuerzas para leer historias y sentirse un poco menos ella y más de todos.
Y así fue como un día, el sitio donde siempre se sentaba pasó a llamarse «El rincón de Eva», donde lograron que turistas y vecinos de pueblos cercanos, visitaran la famosa biblioteca del pueblo mientras tomaban café, contaban historias, anécdotas y reían, tal y como lo hacía la joven al entrar en ella, cada día.
Nieves Poveda del Fresno