Esta mañana entre un puñado de viejas fotos ha aparecido mi amigo William. Me he emocionado al verlo de nuevo.
La foto está tomada un sábado de mayo. Le había prometido a William, años atrás, en Londres, que no se moriría sin conocer la Plaza Mayor de Salamanca.
Aquel día, mezclados entre el tumulto de oriundos y foráneos que paseaban por el ágora charro, bajo un cielo encapotado, añil y furioso, dejé que la majestuosidad de la Plaza Mayor impregnara los sentidos de William. Los soportales custodiaban armoniosamente los cuatro lados de aquella caja de cerillas dorada. El teatro de la vida, le dije. Aquí está. Un murmullo agradable sonaba en el ambiente. Giramos sobre nuestros pasos. Olía a café y tostadas.
William estaba a mi lado y no decía nada. Embelesado, tenía una sonrisa dibujada en la cara y el viento racheado untaba de frío su rostro. Acariciaba con su mano la piedra arenisca de los arcos de la Plaza y dejaba que sus dedos adivinaran el contorno del Barroco. Aquel sitio sabía a nostalgia y a solemnidad. Yo le hablaba de Unamuno y de Torrente Ballester. Él asentía y yo no podía evitar emocionarme. Las pestañas le temblaban como cuerdas de una mandolina portuguesa. Ese día le vi llorar.
Un glaucoma se había llevado por delante su vista, hace años, pero no le pudo arrebatar los ojos del corazón.
Alfredo Pérez Berciano