Nos citamos en la plaza de Santa Marta, en Sevilla.
Ese trocito de paz dónde hasta el eco susurra para pasar desapercibido.
Suenan las campanas de la catedral anunciando el ángelus.
El silencio roto se queja en las piedras y leve, se desprende el azahar que le sobra a la primavera.
Desde las cocinas del Monasterio de la Encarnación llega un ugüento para mis sentidos, vino, miel y canela que dan al pan duro nombre de dulce de cuaresma.
Fortaleza de cal habitada por naranjos y ventanales cerrados al mundo, me guardan de otras miradas que no sea la tuya.
Te oigo respirar como respira el violín del artista callejero que sobrevive colgando las notas en el aire de la melancolía.
Entramos de puntillas, casi invitando al amor, salimos inconclusos, dejando una parcela de asombro en las esquinas difuminadas por el humo de los puestos de incienso.
El sol huele a piñonate y naranjas agrias y se refleja en las fuentes tiñendo el corazón del agua.
Tú hueles a libertad y nos saciamos la sed mirándonos a los ojos.
Una gitana me dice la buenaventura, letanía que encierra mi futuro inmediato…mala ventura la mía, tener que esconderte, amor, en el lenguaje de los gorriones.
Rosa Mª García Barja