Desde pequeña soñé vivir en un lugar del sueño, con fragancias exquisitas, en un bosque casi mágico, pero real, salvaje pero cuidado, donde la magia de los paseos, fuera casa día una aventura, donde no existiera la monotonía, donde los animales pudieran correr en libertad y mis ojos pudieran observarlos. La magia de la naturaleza, la esencia visible, en un mundo invisible por las prisas o por las conquistas de cada metro cuadrado de nuestros humildes y bellos bosques. Arboladas llenas de esplendidos castaños, deseando la llegada del otoño para poder juguetear con sus hojas caídas, sobre el suelo esa bella alfombra del follaje, invitándote a pasear sobre ella, la más bella alfombra y no es roja ni necesita ser famosa, para realzar su belleza, su más espléndida realeza. La exuberancia de tal bello paisaje, es la carencia de muchas ciudades, llenas de edificios, pero sin riquezas naturales.
Las Hayas se juntan con sus otros compañeros del bosque y juntos cantan cuando el viento acaricia sus hojas, un cántico que en cada paseo te enamora, un silbido tan mágico como romántico. De pronto se escuchan pasos, los ciervos corren libres y tú guardas el más íntimo de los silencios, para poder verlos. Mientras las diferentes especies de pájaros acompañan, con sus cánticos, al viento, realizando un concierto con las hojas moviéndose al mismo ritmo, la melodía de las dulces serenatas naturales.
Combinación de colores, borrachera de fragancias, destello en mis ojos tu bravura y hermosura.
María Cristina García Dorao