Cuatro paredes rosa palo. Techo níveo, cuya lámpara de los chinos amenaza permanentemente con precipitarse. Un escritorio hasta arriba de apuntes, subrayadores, bolígrafos y ropa interior descartada a última hora. Un armario que se alza imponente a los pies de la cama con un corcho junto a su vera, repleto de caras sonrientes hasta arriba de filtros y dedicatorias cursis. En la minúscula cama de 90, un ángel y un demonio, tratando ambos de convencerse (mutuamente y a sí mismos) de que no son tal.
Los minutos pasaron. Las horas pasaron. Tal vez los siglos pasaron. ¿Quién podría asegurarlo? Fobia a coger el móvil de la mesilla y comprobar el reloj. Pánico de volver a la realidad.
El universo entero se ensombrece. No importan las playas paradisíacas, no importan las montañas vírgenes, no importan las flamantes metrópolis. No, nada de lo que está ahí fuera merece la pena. Todo lo valioso de esta vida se reduce, se comprime, se acota a esos muros rosáceos. A ese techo albugíneo. A esas sábanas empapadas en sudor. A esa chica que te mira con ojos indescifrables. O tal vez demasiado sencillos de interpretar.
Nirvana transitorio. Cielo terrenal. El paraíso son esos 7 metros cuadrados. Son esos 7 metros cuadrados, con ella.
José García González