Aquella roca es mi roca. Suspendida en medio del acantilado, con las olas rugiendo unos metros más abajo, entonando reverberaciones fantasmagóricas. Un lugar casi tan hostil como bello. Un lugar salvaje e indiferente al tiempo.
Siempre que vuelvo los fines de semana me escapo hasta allí. Con una buena selección musical, con un libro en el que bucear, con papel y lápiz o simplemente con mi lóbulo frontal. Enjuago mis pulmones con salitre, respiro tranquilidad y me zambulló en ese limbo eterno de inexistencia.
Mar arbolada, el Amazonas frente a mí. La costa, todo espuma blanca. El horizonte, azul marino y marengo, fundidos en un punto de fuga tan bello como taciturno. El corazón se encoge, estremecido ante tamaña inmensidad sin barreras; un átomo más en esa sopa de googol partículas. Soledad imposible de concebir.
Las gaviotas braman su aguda letanía, trazos níveos pintados dentro de un lienzo que ha adquirido ya un color metálico homogéneo. El océano continúa maltratando las rocas, inmisericorde, eterno, ajeno a las penurias insignificantes de los humanos. Una ola. Y otra. Y otra. Y otra más. Así ha sido siempre, así será siempre. Bajamar en su último estertor. Recojo todo y me vuelvo a mi colmena de hormigón.
José García González