A los dieciocho años tuve un novio holandés. Lo conocí en unas vacaciones en la Costa Brava y a sus veinte años me pareció todo un hombre. Me enamoré perdidamente y ya me veía viviendo con Gerlach toda la vida.
A los diecinueve les dije a mis padres que me iba a un campamento y me presenté en su casa en Leiden: como no sabía decir mi nombre, Conchita, me llamaba Chiquitita, como si fuera la protagonista de la canción de ABBA. Para parecerle más guapa, no me ponía las gafas en su presencia y por eso una noche, paseando, me caí a un canal: aquello era para verlo, Gerlach gritando Chiquitita y yo chapoteando como un pato.
A los veinte años nos reencontramos en Granada y fuimos felices durante una semana inolvidable, comiendo helados de Los Italianos y recorriendo el Paseo de los Tristes.
A los veintiuno recibí una carta de su madre: había muerto unos días antes atropellado por un coche mientras iba en bicicleta a la universidad.
En cuatro años cabe todo el universo entero.
Jesús Jiménez Reinaldo