En el barrio del Albayzín , muy cerca del mirador de San Cristóbal, al pie de una escalera empedrada y cubierta de resbaladizos líquenes verdes, permanece agazapado el espinazo enladrillado de un aljibe.
De lunes a viernes, después de la comida y hasta el comienzo de las clases de la tarde, un grupo formado por unos pocos compañeros de colegio y yo, atravesábamos el humilde y achaparrado arco de medio punto que conformaba la entrada y penetrábamos en sus entrañas, oscuras, húmedas y silenciosas. Corría la habladuría de que uno de sus pasadizos desembocaba en el Aljibe del Rey, que regaba la huerta del palacio de Dar Al-Horra; y que, desde aquel, otro túnel conducía a la Alhambra.
Temblábamos de excitación ante la idea de que, al abrir una trampilla de hierro oxidado, apareciera ante nuestros ojos un jardín frondoso y umbrío, en el que fuentes apacibles nos ofrecieran caudales trenzados y cristalinos. O que tras una vieja y estrecha puerta de madera descubriéramos una habitación nunca antes vista, engalanada de mocárabes marfileños.
Nada de eso sucedió. El grupo de exploradores creció demasiado y un día alguien se preguntó por qué una tropa de niños se arremolinaba cada tarde en torno al aljibe. Nuestros padres organizaron el correspondiente escándalo y el acceso al reino secreto fue cegado. Que yo sepa, ninguno de nosotros preguntó nunca a los adultos acerca de la certeza del rumor. Creo que todos sabíamos la respuesta. Más vale un hermoso sueño irrealizable que la prosaica realidad.
José Javier Sarabia Barrós.