Nunca hubiera imaginado la belleza que puede ocultarse en el rincón de un taller mecánico con olor a recauchutado. Aquel era uno de tantos viajes que me obligaba a hacer la empresa para incrementar ventas, así que decidí coger mi vieja cafetera con ruedas para tragarme quinientos kilómetros con espíritu aventurero. En el kilómetro 132, escuché un traqueteo agudo al que siguió una nube de humo. Perfecto, me había quedado sin motor de arranque en medio de un paraje lunar. Bajé del coche, señalicé con los triángulos de emergencia el área de la avería, y llamé al servicio mecánico. Al rato apareció el tipo de la grúa con cara de haberle despertado de la siesta Me arrastró hasta un taller mecánico y, sin decir palabra, siguió su camino como Caronte en el inframundo. Al fondo había dos gatos negros durmiendo sobre el capó de una furgoneta y una muchacha joven sentada sobre un neumático leyendo cualquier cosa. Otro día perdido, pensé, pero cuando fijó su atención sobre mí pude ver en sus ojos la luz diáfana que ilumina el mundo. Tonterías de una mente retorcida, quise creer. Al poco rato apareció de debajo de un camión un hombre con mono azul armado con una llave inglesa. Buenos días, me atreví a decirle, necesitaría que me reparase el coche y, después, si no es mucho pedir, quisiera la mano de su hija para contemplar eternamente los paisajes de su mirada. Desde entonces soy un titán del Olimpo rodeado de gatos negros.
Agustín García Aguado