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Llevaba un buen rato observándola en la penumbra que le rodeaba en la habitación. Sus ojos se posaron en ella, postrada sobre su costado derecho en la mullida cama de sábanas anaranjadas.

Lucía un sencillo pero elegante vestido dorado de tirantes, ceñido en la cintura, con un generoso escote que dejaba intuir la turgencia y redondez de sus jóvenes pechos, sin ataduras ni encorsetamientos vanos. Tan solo la piel sobre la gasa. Sensual, felina…

Pedro sabía que ella lo había descubierto espiándola, pero le daba igual. La fascinación que le embargaba al contemplar aquella belleza de ojos azules, piel blanca y cabellos azabache, lo arrumbaron a un estado de embriaguez hipnótica del que era imposible escapar. La mano derecha de la mujer posada en la parte libre de la cama y una pícara sonrisa insolente asomando a sus labios, parecían invitarle a tumbarse junto a ella y probar placeres inimaginables.

Pedro se plantó ante ella con los latidos del corazón golpeando en su garganta y la boca seca, impaciente por aplacar su sed en los labios rojos que seguían sonriendo con aquella extraña mezcla de inocencia y lascivia. Quedó a un solo palmo de ella y, cerrando los ojos, acercó su boca …

Luego, con amargura, abrió los párpados y abandonó su cuarto dejando atrás aquel cartel de Elizabeth Taylor en «Cleopatra», igual de sensual y felina, igual de pícara e insolente. Como todos los días, invitándole a ocupar una vez más el lugar vacío de su cama.

 Alberto Puyana 

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