Un hombre solo llega a su habitación de hotel, saca su libreta de viaje y anota: “Puede que mi nombre sea Jean Pierre Fourie”. Luego se quita la chaqueta y enciende un cigarrillo. La nicotina mejora las conexiones sinápticas. Tiene hambre, pero se sirve un ron. “Durante el tiempo que viví en Londres a mediados de los años 70 tuve por vecina a una mujer judía que cocinaba un estupendo baba ghanoush y unos deliciosos strudels. La mujer era agradable aunque tenía lo que yo llamo ausencias (vahídos). A veces se quedaba a tomar un té y contaba historias. Había vivido durante la primera Guerra Mundial. M, como le gustaba que le llamasen, contaba diversas historias y uno tenía la sensación al escucharla que había vivido varias vidas. Para alguien nacido en los años 30 acercarse a 1980 debía ser algo parecido a habitar el futuro. Apenas nos tratamos un año. Le gustaba ser críptica, alambicada. En una de sus bromas más recurrentes hablaba de un tal Max. Os engañó a todos, decía. ¿Max? Sí, su amigo. ¿El amigo de quién? Y así continuaba un descacharrante diálogo que solía terminar con una estruendosa carcajada”.
El hombre deja su pluma sobre la mesa y enciende otro cigarrillo. Prepara una dosis mortal de heroína de una increíble pureza y se la inyecta después de haberse tumbado sobre la cama en esa habitación de hotel.
Alguien encontrará la nota. Alguien la publicará. Nosotros jamás sabremos la verdad sobre lo sucedido.
Javier Murcia Pinto