Acostumbraba pasear a las tres de la mañana. Era cuestión de cruzar el puente y se encontraba en su elíseo privado. Ya días que no iba a dar su acostumbrado deambular cual lechuza o loris lento. Ahora ha decidido darse la fuerza para volver a circular por aquel córner tan amado por él. Llega a la zona de las fuentes, y se detiene para monologar: -Hace tres meses fue el último paseo que hice con mi maestro de vida de cuatro patas. Su enfermedad se lo llevo. He enterrado tantos coconitos como palomas en mi pequeña necrópolis creada. Cuando padecía de mi enfermedad etílica venía por estos caminos empedrados para detonar tanto mis potencias como heridas. Lo último que he podido ejecutar es la actividad física para estabilizarme un poco orgánicamente; y en espíritu abismalmente. Puedo vislumbrar la imagen en la banca que use para sentarme junto a María, después de un año sin vernos. Existe tanta agonía en este lugar que percibo la vibración de la materia restregándoseme. Las memorias me acometen como enjambre. Pero ello quiere decir que mi vitalidad se encuentra tremolando de manera inusual. A ritmo voraz. Cuando retorne en mis recorridos seré otro. Y sé que tú también serás otro espacio diferente al que pude transitar-. Las piedras, los puentes, la fauna, la flora, la arquitectura neoclásica, el aire mismo del lugar. Todo ello nunca se ha quedado indiferente ante él. Los encuentros destruirán o proveerán. Al final siempre será cuestión de dinamismo.
Juan Rey Lucas.