Estábamos pasando una mala racha Josete y yo cuando visitamos el jardín feng shui. Mi resentimiento me emborronaba de tristeza. Observé impasible el estanque con sus peces y sus lotos, la vegetación, los caminitos ondulantes, los pabellones coloreados, la pagoda; pasamos por un puente encantador, pero que para mí era como una postal sin vida. Nos detuvimos en una pequeña biblioteca y él se puso a leer en voz alta un libro de Confucio; yo miraba el paisaje.
Al poco descubrí el secreto fluir del estanque, los caminos serpear a su alrededor, el delicioso puente de piedra y la filigrana de construcciones que vibraban ante las palabras del sabio. Contemplé las ramas retorcidas de los pinos, escuché el canto de los bambúes mecidos por la brisa. Me sorprendió la mañana de primavera con las flores brotadas de los cerezos y las franjas de sol naciente brillando entre los sauces.
El cuadro de aquel lugar cobró una vida inesperada y esa vida era mi vida, que pugnaba por renacer. En mis auriculares, que no había apagado durante el recorrido, sonó Oasis: «No mires atrás con rencor», decían. Nunca olvidaré esa frase, me pareció que contenía un mensaje justo para ese lugar y ese momento de mi vida. ¡Fuera rencor y fuera auriculares! El jardín me sacudió por dentro con su belleza.
Josete seguía declamando a Confucio de pie, cual DiCaprio en la proa del Titanic. Me colé entre sus brazos como una Winslet que encara nuevos horizontes más despejados que nunca.
Emilia García Castro